Ya me vi en unos cincuenta años, subiendo y bajando por unas escaleras viejas y enmohecidas como mis huesos. Rechinando en cada paso sin saber si crujen mis rodillas o es aquel piso sucio. Me pienso caminando por las avenidas modernas, arrastrando mi vergonzoso bastón de juventud y mirando con desprecio a todo aquel que se atreva ponerse en mi camino sin un motivo de verdadera importancia.
Seré una retrograda en ideas, una achacosa que hable de política con cualquier desconocido que reconozca mi cuero viejo y se acerque para preguntar qué ha sido de mis tontos cuentos llenos de vanidad. Hablaré de lo que en mis tiempos llamábamos “democracia” o de los valores que mi abuela solía inculcar; beberé el café negro de siempre, en la cafetería de todos los días, leyendo el mismo libro durante veinte años, soñando que aún a mis 75 podré cambiar al mundo al lograr que un humano escuche lo que digo.
Me imagino asomada a mi ventana de algún edificio importante, acariciando el lomo de mi gato negro, ese único que ha cambiado tres veces desde que me interné en la soledad de un departamento, el compañero valiente que respira el humo de mi cigarro (porque en ese entonces fumaré como los intelectuales y me mataré como los farsantes).
Escucharé en mi vieja computadora de escritorio algunas pistas en mp3 que resguardo como si aún existieran los tiempos locos de un rock sin sentido, los recuerdos de quienes murieron ya hace muchos años y las voces de esos que ya ni siquiera sé de donde salieron.
A esa edad nunca aprendí a hacer algo productivo con mi vida, no tejo bufandas ni hago repostería. No cuidaré plantas ni alimento canarios. Tampoco coleccionaré cerámica o veré telenovelas. No tendré nietos a quien consentir o sobrinos a quienes sobornar. Viviré de momentos pasados y sin un hombre que caliente mis pies cuando duerma en noches de invierno.
En un lustro dejaré de escribir pequeñas novelas o de asistir a todo tipo de eventos, viviré la artritis que el tiempo dejará muy marcada en mis dedos escuálidos. En ese tiempo apartaré la mente de fantasías y acentuaré mi elitismo por culpa de la soledad que el destino me ha impuesto.
Ya me veo en cincuenta años, tirada en una cama con diez cajas de medicinas a lado, vendas y ungüentos, libros y películas, con un ángel rodeando mi cuerpo y esperando a que algún día o tal vez en los próximos minutos de ese 2062 me vuelva parte de su realidad.
1 comentarios
increible, aunque dudo que seas una viejita de esas.
ResponderEliminar