Las palabras ya están discontinuadas. Desde que se descubrieron las armas, la razón dejó de ser el principal ingrediente para ganar una guerra. Fuimos enseñados por la clase política, los dueños del poder, que nadie puede entendernos si no es con gritos o a “chanclazos y sombrerazos”.
Son más de 70 años que se recrudecen, a diario y en pequeños segmentos, las batallas por rescatar lo que soñamos: poder ser un pueblo digno y democrático . No recuerdo siquiera un momento de prosperidad y futuro en mi tierra, crecí pensando en ganar dinero para salir de pobre (porque nacemos más pobres que encuerados), luchando por ponerme una etiqueta de Licenciada y gozando lo poquito de la buena vida que tenía gracias al trabajo duro, mío, de terceros y hasta cuartos; 25 años me ha llevado entender que se pelea por algo que “quisiéramos tener”, pero como toda utopía, es imposible de conseguir.
Nos convertimos en toscos cavernícolas, pues el único lenguaje que entienden los de allá arriba, es cuando les aventamos pedradas para que vean que acá abajo estamos “los de abajo”; al simio hay de darle bananos para que nos ponga atención. Somos un circo. A veces parecemos de arrabal.
Y cuando se habla más fuerte, sus oídos se ensordecen. El pueblo no puede gritar porque es de mala educación, es un delito levantar la voz para pedir lo que justamente nos corresponde; una grosería ofender a quien ofende, levanta la voz y grita a punta de pistola y granada. Ni mi abuelo me daba cachetadas cuando le pedía de comer.
Hablar no es para guerreros. Así como llega la razón en forma de verbo, se va volando con el aire causado por una metralleta o se corta entre el plástico de escudos policiales.
Para los de allá arriba, está destinada la verborrea, esa cualidad de decir una sarta de “palabras”, sin que el resto de la humanidad las entienda. Para ellos, firmar leyes de 1587 fojas es cumplir con su trabajo, y sólo el .012 % del contenido es explicado a los verdaderos interesados. Definitivamente las palabras juegan en el bando equivocado, quien las dice es el villano, quien las entiende es el acusado.
En esta república, el protagonista es el malvado del cuento, quien se ha llevado la gloria por muchos años, quien “vive feliz por siempre”, ese que envenena la manzana, mata a la princesa, oculta a los enanos, engaña a los príncipes y quema castillos. Ese bellaco infame se lleva las palmas de nuestro oro, sale en la televisión y finge ser víctima; ese (o mejor dicho, eso), es quien resulta tener victoria de la lucha.
Aquí el acusado es la cenicienta, la culpa es del pequeño que creyó en Santa Claus, de los animalitos del bosque que producen grandeza para el reino. El error es de estos guerreros que van camino a rescatar el tesoro perdido. Se rompe el cuento de hadas cuando en realidad se dan cuenta que no pueden luchar con el dragón (dinosaurio), porque algo tiene él que nuestro acusado no puede tener: fuerza BRUTA.
Ya merito. Casi se puede ¡ahí vamos con la lucha! Unos seis años más y puede ser que cambien las cosas. Casi pasamos al segundo mundo, ya mero dejamos de ser chalanes de los de arriba.
Nos faltan los machetes y las antorchas para volvernos a entender con nuestro Don Porfirio. Hablando se entiende la gente: pero cuando es la gente quien intenta entender con los dinosaurios, las palabras simplemente salen bailando.
Y sin embrago, pese a los momentos más catastróficos donde los sustantivos juntos a los pronombres, adjetivos, artículos y verbos son pisoteados, en este país de fantasía aún existe quien vota por la razón antes del atropellamiento; ellos, la minoría que representa el 60% de un país -¿minoría?-
Las palabras sobran cuando se entonan melodías de guerra, cuando las miradas de unión reprochan los indignos cuerpos de quien sostiene la cabeza del gigante, de Goliat, del soldado que está dormido por el hechizo de nuestros villanos. Las palabras sobran cuando el fuego quema ideales; hablar pasó de moda, sólo queda razonar, esperar, soñar, aguantar y luchar por construir el país de las maravillas.
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| Foto: cuartoscuro.com |

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