Y borrar los momentos en los que no tuvimos suerte. Esperando esos silencios de cada segundo dónde miré la pérdida de nuestros errores.
Convertirme en muerte para llevarte a mi eternidad caótica; compartir contigo el inframundo de la felicidad y tocar siempre, eternamente, la melodía que acompañó nuestros dolores en la mañana de noviembre que juntos compartimos un albaricoque.
Y sonreír poco a poco de los ingenuos que se quedaron lejos de nuestra excelencia oscura, viéndolos gozar para después sufrir por el simple hecho de ser mortales.
Y saborear, amargamente, pero suculentos, los infinitos momentos que nos esperan en el gozoso infierno de nuestras culpas y maravillas; de nuestra enseñanza.
Y morir, juntos morir. Yo primero que tú y después vendrás a mí, secuestrándote para ser eternamente uno en medio de la nada.
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