amantes

Mi dueña

9:20

Anoche pedí que me dejaras escribirte. Mientras te retorcías entre los pellejos de tu piel mudada, supliqué entre tus costillas que me prestaras la tinta que colecciono desde algunos años atrás. Añoraba hacerte una vez más de forma redondeada en una de mis hojas carmesí que guardo bajo la almohada. 

En la luna pasada imploré me dijeras tus verdades; pero no hacías más que chillar encaramada entre mis sabanas, embelesando mis deseos de manera patética y redundante, como sólo tú sabes hacerlo: incitando mi sufrimiento helante y caótico.  

Entregué por escrito un montículo de cartas de mis lectores: papeles con olorosas palabras que sólo te alebrestaron para hacerte la importante y esconderte, humillarme, retorcerte de risa por mis peticiones endulzadas de necesidad impertinente. 

Aún no entiendo como te doy mis momentos de lúdica armonía. Te dedico las rimas ardientes que emanan de mi absurda imaginación virginal y callada, sumamente callada y obediente; me tiendo en el piso a esperar una caricia tuya que permita aunque sea cinco minutos de palabras fulgurantes, de letras ardientes que revelen la mentira que representa mi sombra en la pared ficticia del cuarto irreal en el que los invitados danzan cada que tú les das permiso. 

Soy tu niña del circo. Hago el papel de payaso y domador mientras tú cobras las entradas por anticipado y al precio más alto. Y aún así, sabiendo que disfrutas doblegarme, agacho la cabeza y entrego mis brillantes ojos.

Hago tuya mi voz ronca para suplicar, implorar y rogarte que me des tu permiso, tu momento y tu nombre, para decir al final del día: “Esta musa fue mía y me dio su inspiración”.

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