En ese instante pequeño, oscuro y errante. Cuando la noche cubre los ojos de los que no nacimos gatos y los pensamientos se convierten en ilusiones, es ahí, cuando intento asesinar al causante de mis molestos sentimientos mariposantes. Después, y pensándolo mil veces, perdono su vida, pues funciona más para mis inelocuencias letradas, que para los sentimientos que algunos tontos adjudican al bulto de venas que albergamos en el pecho.
Mi corazón demente y mi mente sentimental, mis pensamientos enamorados y las palpitaciones insensibles, mis ideas suspirantes y el ritmo cardiaco inacelerante; y sin embargo, después de tanto intentar extraer la función del pillo cerebrante: lo perdono, pues ese amor es lo que mantiene vivo el error del que un humano (y en algunas ocasiones katarinas), logra sobrevivir en el mundo caótico de zombies que dependen de sentir.
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