Erik me dijo que no tenía la capacidad para madurar, pero como siempre, se equivocó. Erró desde el momento en el que me escogió entre sus víctimas, no sabía que iba a salir perdiendo el corazón con tal de quedarse con mi dinero y lo poco de belleza que resguardaba debajo de las bragas. Parecía un tipo fuerte e inteligente, sin embargo dejó que lo consumiera por tres largos años en los que él sufrió más que yo por no quererse ir.
Supongo que tenía algo de misógino. Se acercó a una mujer que ni siquiera ella se quería, y estúpidamente se enamoró. Lo veía sentirse culpable cada que le compraba algún capricho caro. Aunque sentía sinceros sus besos, no podía ignorar su sentimiento de culpa cuando terminábamos de hacer el amor, lo veía poniéndose sus botas favoritas para salir corriendo con su última adquisición, pero al siguiente lunes lo encontraba con alguna flor en su mano esperando verme salir de la oficina.
Le gustaba estar con una niña. Mis veinte fueron la edad más inmadura, me negaba a crecer y él tampoco me incitaba. No había nada mejor que pasear en bici todo el día para terminar en el sillón viendo una película animada con jugo, pastelillos o palomitas y poca ropa. Algunas veces bebíamos vino, era nuestro favorito cuando fingíamos que había situaciones especiales en nuestra relación; como cuando él encontró un trabajo a medio tiempo en una galería sólo para poder comprarme un regalo de cumpleaños. Aún conservo las zapatillas rojas, prometí usarlas en nuestra boda o su funeral; hoy espero que sea lo segundo.
Tenía talento, sabía pintar de maravilla y tocaba dos o tres instrumentos, su sonrisa lo hacía brillar en cualquier escenario aunque no tuviera voz o valor. Creo que encontraba seguridad cuando estaba conmigo, yo era tan insignificante que él siempre se veía enaltecido en cualquier situación donde nos acompañáramos.
Ni siquiera sé cómo terminó todo. Creo que fue un martes por la tarde, después de que llovió y falté al trabajo para celebrar su cumpleaños. Pasamos todo el día juntos, paseando de la mano por parques y centros comerciales. Me repitió mil veces que me veía hermosa con el vestido que me puse para hacerlo feliz. Era lindo, gastó el dinero que no sabía que tenía, me compró un anillo y me invitó al cine. Sabía inconsciente que ese era el final, nadie cambia su manera de ser sólo por querer. Cumplía 32 años, lo que lo hacía sentirse más maduro que yo a mis 29. Cuando llegamos a casa para cerrar la noche, me besó tan fuerte que no hice más que llorar. Lo solté, no aferrándome más y entonces se fue.
Erik se equivocó. Madurar no consiste en saber que entrarás a tu casa y todo estará vacío por el robo masivo que tu ex novio te acababa de hacer y llorar conforme por sentirte desdichada. Madurar es descubrir en qué bodega guardó los muebles, las contraseñas de sus cuentas bancarias y contratar a un matón que lo espere cuando doble la esquina de la manzana y días después llorar hipócrita en su funeral. A veces lo que ves, no es lo que esperabas.
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