Hace poco perdí la magia. Llevo algunas tardes saliendo a buscarla por los rincones oscuros; me han dicho que si tiene talento brillará en cualquier lugar en el que se encuentre secuestrada, pero sólo alcanzo a ver un millón de estrellas.
Ni me fue fácil conseguirla, ni mucho menos conservarla por largos años, fue un trabajo arduo el que tuve que realizar para enamorarla cada segundo y que me hiciera un poco especial, pero hace poco, después de tanta insistencia y mal trato, ella se marchó.
Mis detractores disfrazados de amigos, insisten en que la deje en paz, que acepte que nunca fue mía y que por supuesto jamás la podría encontrar. Simplemente tengo que renunciar. Pero las cosas no funcionan así. Sé que me extraña, pues luché por hacerla mía y últimamente ella sonreía cuando la convertía en poesía o color.
Hoy deambulo por la noche estrellada tratando de encontrarla, miro hacia abajo, revolviendo piedras del camino para ver si ella está debajo, escondida temerosa por no tenerme a su lado y de pronto una gota toca mi cabello con la misma suavidad con la que mi magia solía hacerlo y al posar los ojos en el cielo, descubro entre las burlonas estrellas a esa enorme luna llena, brillante y amarilla, sonriendo; es ella, mi magia que perdí.
Y así, cansada y conforme, sonrío por última vez a mi amarillenta magia y la dejo vivir en su rincón. A veces, para convertirte en musa, tienes que renunciar a la magia.

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