Respirar se me hacía complicado cada que la llamaba. Trataba
de fingir cualquier situación para escuchar su voz. Mi experiencia en
publicidad telefónica me servía para mantenerla en línea por lo menos un minuto
y descubrir su ubicación. No podía vivir sin verla aunque sea de lejos y
coleccionar una fotografía más.
Mi amor por ella nació una mañana en la que entró a la
cafetería. Su aire solitario me hizo sentir incómodo por mi patética existencia
y fue así que supe sentir amor. Verla sentada, bebiendo un americano mientras
leía un libro, la hizo a mis ojos, perfecta. Sus penas rodeaban su alma pero
iluminaban mi ilusión. Desde ese momento la seguí. Aún creo que ella sabía de
mi existencia pero disimulaba su distracción tras los audífonos para sentirse
acompañada de vez en cuando; dudo mucho no me notara en estos dos meses en los
que la he hecho mía a la distancia.
Hace algunas semanas comencé a llamarla. Tuve la suerte de
escuchar su número cuando se lo proporcionó a la cajera de un banco, desde ese
día me atreví a llamar. Su voz es dulce y suave, amable y un poco agresiva cuando piensa que
soy un vendedor, pero tan cortés que soporta escucharme para decir un millón de
veces que no. Si supiera que soy yo tal vez consideraría una cita o tal vez
reír a uno de mis malos chistes.
Hoy será el día en el que nos toparemos frente a frente, me
he vestido de traje para verme impresionante, compré un ramo de tulipanes, sus
favoritos y los envolví en un moño negro. Gasté todos mis ahorros en un anillo
impresionante y escribí una docena de tarjetas con frases románticas para
decirlas en caso de que el silencio se entrometa entre nosotros. Elegí el mejor
lugar, hoy regresa tarde de su trabajo y cruza una avenida solitaria. Si mi declaración
de amor no resulta, compré un par de guantes y una botella de cloroformo. De
alguna u otra manera, tengo que hacer de ella parte de mi vida.

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