Empapada en el sonido de sus versos, apasionada sin tener sensaciones de cualquier otro tipo. Morir entre los enredos de los sumisos dedos que desahogan el profundo carmesí de los momentos hablados entre líneas.
Dichosa: mujer de dicha profunda. Viento hecho paloma, no mensajera de paz ni de bondades, paloma por la pureza que desahoga en el éxtasis de sus labios, en el entierro de sueños; en la sangre que brota por la promesa, que en aquel momento, le hace a su amante.
Melodía efímera que se olvida cuando el clima cambia. Arde con el hielo. Hela con el sol. Sueña con la realidad. Jacta originalidad al navegar en la seda de las nubes. Canta como damisela sin decir palabras, callada como el hada, amarrada como el secreto que esconde el momento; sus momentos; el instante.
Divina musa de llantos fatídicos, sufridora mujercita de ardientes atropellos sensuales. Cierra los labios que nadie escucha. Abre los ojos. Todos esperan encontrarte en el monte de la amargura; esos hombres perdidos en el aferro de lo que creen imposible y sin embargo de saben realizados.
Ofrece los últimos minutos de tu suerte, volviendo a la profundidad del cariño que alguna vez intentaste pregonar con tus piernas, los brazos lánguidos, el vientre plano y tu melena intrépida. Pequeña celosa, deja de guardar lo que destrozas, amas, denotas entre muerte y dulzura.
Ella se vuelve ahora: herida, maltratada, vivida, justificada, sedienta; se devuelve a la vida llena de penurias, empero realizada.

0 comentarios