El día no podía pintar peor. El despertador decidió hacer huelga y en complicidad con el sol despertarme justo veinte minutos antes de mi jornada laboral. El desayuno, por supuesto, no se dignó a presentarse en mi apretado horario y por si fuera poco, la ropa que decidí ponerme hoy parecía de funeral, negra en todos los sentidos y grande como por arte de magia. Parecía destinada a usar una burca.
Mi automóvil decidió toser y frenar velocidad a unas calles de mi oficina. Me bajé y corrí por cinco infinitas avenidas, montada en inmensos tacones y soportando a diez trabajadores de la construcción que más que piropos decidieron burlarse del caminar apresurado, el bailoteo del café caliente en una mano y mi desesperante forma de sostener el folder que quiso ponerse ad hoc con mi desgracia y descomponer el broche la tarde anterior.
Como si no fuera suficiente, llegué al edificio sin gáfete de identificación, con un nuevo vigilante en la entrada que por supuesto me desconocía y un elevador descompuesto que se negó a llevarme hasta el sexto piso.
Hoy entró a laborar una nueva gerente. De todos en el mundo, tenía que ser esa chica que iba un año adelantada en la universidad y que por supuesto me odiaba. A pesar de su belleza inmaculada, el carácter que tenía era un asco, su odio se resumía al chico que me quedé unas semanas antes de su graduación y que dejó plantada con todo y vestido de noche. Por su puesto que cuando haces algo mal, tarde o temprano la vida te lo cobra y hoy me tocó a mí, estrenando jefa y escritorio en el rincón más oscuro y sucio del archivo muerto.
Nada se compara con lo que esta tarde pasó. Todo mejoraría cuando viera los ojos verdes de mi dulce amor, pero las cosas no fueron así. Él tenía que elegir este día para terminar nuestra relación de cinco años porque se descubrió gay y no me quería dañar. Qué risa tendría mi nueva jefa su supiera que su amor nunca fue de ninguna. Tal vez si le digo mañana, me ascienda de puesto y hasta llegue a ser vicepresidenta de algo sin importancia.
Cuando llegué a casa, en taxi, sin zapatos ni maquillaje, triste, cansada y hambrienta me encontré con la peor escena. Mi mejor amigo yacía sobre el pavimento, hinchado por el veneno y calor, triste y solitario, cubierto por un retazo que supongo algún vecino le sobrepuso para esconder su desgracia. Y así fue como un mal día terminó, envuelta en lágrimas y destrozos. Conjuntando todas las desgracias en un solo viernes. Tal vez ese es el misterio del ser que mueve todo para que se le den uso a las cosas. Hoy, después de diez años, encontré un motivo para usar el arma que compré en una exhibición de cazadores. La última pregunta que me surge a diez minutos de la media noche es: ¿Debo usar una bala o las diez que vienen en la caja de municiones?

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